Wednesday, October 16, 2013

El Atico


Qué mujer más bonita…
Si supiera ella lo enamorado que estoy,
Qué trágico es el destino del amigo.

Miré una vez más el texto recién escrito que asomaba del rodillo de la máquina. Giré la cabeza hacia la ventana, el amarillo y el rojo de los arboles vestidos de otoño me contestaron que todavía existía la vida ahí afuera, y que el mundo continuaba rodando sin piedad y sin descanso, aunque yo me pasara una hora mirando esas tres líneas.
Ayer fue otro día fresco, casi frío. Yo tenía la esperanza de encontrarme a solas con ella, en su casa, pero Adolfito tuvo que meter su nariz otra vez.
Y ella solo tiene ojos para Adolfito, aunque al muy cretino le da igual; él tiene varias novias, y novios también. En cambio para mí solo hay dos mujeres: mi madre y Silvina. Parece que la vida me ha embrujado enamorándome de dos mujeres con las que solo puedo tener un amor platónico. Alguna vez intenté abordar a Silvina con pasión. Recuerdo que estábamos en el ático de su casa de aquí, de Mar del Plata.
Aquel sitio está hechizado.
Se sube por una escalera caracol muy angosta,  que es como subir por un tubo de madera. El lugar está lleno de antigüedades y otras cosas olvidadas, escondidas, abandonadas o perdidas a propósito. ¿Y por qué digo que está hechizado? Porque algunas cosas, no todas, transmiten sensaciones. Por ejemplo, hay una antigua tijera de podar que al tomarla comunica el sonido de los tallos guillotinados y el aroma de las rosas recién cortadas. A veces se escuchan voces, diálogos entre Ramona y Manuel o chicos que juegan en el jardín. Hay un armario lleno de ropa colgada. Una vez Adolfito encontró unas enaguas antiguas de seda blanca ya amarillenta por el tiempo y se pasó horas sentado en un rincón con una sonrisa boba en el rostro.
Aquel día subimos Silvina y yo, y nos pusimos a revolver un canasto de mimbre. Es un ejercicio muy divertido encontrar los objetos embrujados. Primero uno revuelve, después, con mucho cuidado, evalúa si es un objeto válido para el juego (puede ser un zoquete, por ejemplo, y sería terrible conocer de la vida del zoquete). Cuando se ha encontrado el objeto a explorar se lo pone en el pecho y uno se concentra para ver si está vivo, si puede transmitir algo. A veces las sensaciones llegan apagadas, como una cosquilla muerta en los dedos, pero otras son intensas, vívidas: el ático se desvanece, y se perciben y experimentan las historias como si se hubiera estado ahí, en esos precisos momentos.
Esa tarde con Silvina encontramos un anillo, los dos al mismo tiempo.
Estaba en una cajita de terciopelo azul. Nuestras manos la atraparon al unísono, y enseguida apreciamos la vibración de lo que había adentro. Sonreímos, ella me la quitó y la abrió con respeto, como si despertara un duende escondido. El anillo era de oro, matrimonial. Nuestros ojos volvieron a encontrarse. Ella se mordió el labio inferior en un gesto que me vuelve loco de pasión, arrancó el anillo de su morada y lo apoyó en su pecho. Cerró los ojos, su rostro se iluminó, sus mejillas se tornaron rosadas. Yo no aguanté y posé mi mano sobre la suya. Al instante supe el porqué de la expresión en su rostro: El anillo destilaba amor. En una sucesión de imágenes apareció una pareja prometiéndose amor eterno, luego una fiesta fastuosa, una luna de miel en Europa, noches tórridas de excitación. En medio de aquella tormenta los labios de Silvina buscaban los míos, la abracé, el anillo cayó de sus manos y rodando se perdió entre los maderos del piso. Las visiones se desvanecieron, así como también lo que el anillo destilaba, pero seguimos abrazados un rato y el mundo desapareció a nuestro alrededor.
Luego se escuchó el crujir de la madera de los escalones, era Adolfito que venía a rescatar a su dama sin saberlo. Yo me compuse como pude (no sé si él se dio cuenta) y me quedé mirando la cajita azul vacía ya de ese amor que por un instante nos había tocado, incendiándonos por dentro.
Ricardo Viti
13 de octubre de 2013

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