Qué mujer más bonita…
Si supiera ella lo
enamorado que estoy,
Qué trágico es el destino
del amigo.
Miré una vez más el texto recién escrito que asomaba del rodillo
de la máquina. Giré la cabeza hacia la ventana, el amarillo y el rojo de los
arboles vestidos de otoño me contestaron que todavía existía la vida ahí
afuera, y que el mundo continuaba rodando sin piedad y sin descanso, aunque yo
me pasara una hora mirando esas tres líneas.
Ayer fue otro día fresco, casi frío. Yo tenía la esperanza de
encontrarme a solas con ella, en su casa, pero Adolfito tuvo que meter su nariz
otra vez.
Y ella solo tiene ojos para Adolfito, aunque al muy cretino le da
igual; él tiene varias novias, y novios también. En cambio para mí solo hay dos
mujeres: mi madre y Silvina. Parece que la vida me ha embrujado enamorándome de
dos mujeres con las que solo puedo tener un amor platónico. Alguna vez intenté
abordar a Silvina con pasión. Recuerdo que estábamos en el ático de su casa de
aquí, de Mar del Plata.
Aquel sitio está hechizado.
Se sube por una escalera caracol muy angosta, que es como subir por un tubo de madera. El
lugar está lleno de antigüedades y otras cosas olvidadas, escondidas,
abandonadas o perdidas a propósito. ¿Y por qué digo que está hechizado? Porque
algunas cosas, no todas, transmiten sensaciones. Por ejemplo, hay una antigua
tijera de podar que al tomarla comunica el sonido de los tallos guillotinados y
el aroma de las rosas recién cortadas. A veces se escuchan voces, diálogos entre
Ramona y Manuel o chicos que juegan en el jardín. Hay un armario lleno de ropa
colgada. Una vez Adolfito encontró unas enaguas antiguas de seda blanca ya
amarillenta por el tiempo y se pasó horas sentado en un rincón con una sonrisa
boba en el rostro.
Aquel día subimos Silvina y yo, y nos pusimos a revolver un
canasto de mimbre. Es un ejercicio muy divertido encontrar los objetos
embrujados. Primero uno revuelve, después, con mucho cuidado, evalúa si es un
objeto válido para el juego (puede ser un zoquete, por ejemplo, y sería
terrible conocer de la vida del zoquete). Cuando se ha encontrado el objeto a
explorar se lo pone en el pecho y uno se concentra para ver si está vivo, si
puede transmitir algo. A veces las sensaciones llegan apagadas, como una
cosquilla muerta en los dedos, pero otras son intensas, vívidas: el ático se
desvanece, y se perciben y experimentan las historias como si se hubiera estado
ahí, en esos precisos momentos.
Esa tarde con Silvina encontramos un anillo, los dos al mismo
tiempo.
Estaba en una cajita de terciopelo azul. Nuestras manos la atraparon
al unísono, y enseguida apreciamos la vibración de lo que había adentro. Sonreímos,
ella me la quitó y la abrió con respeto, como si despertara un duende
escondido. El anillo era de oro, matrimonial. Nuestros ojos volvieron a
encontrarse. Ella se mordió el labio inferior en un gesto que me vuelve loco de
pasión, arrancó el anillo de su morada y lo apoyó en su pecho. Cerró los ojos,
su rostro se iluminó, sus mejillas se tornaron rosadas. Yo no aguanté y posé mi
mano sobre la suya. Al instante supe el porqué de la expresión en su rostro: El
anillo destilaba amor. En una sucesión de imágenes apareció una pareja
prometiéndose amor eterno, luego una fiesta fastuosa, una luna de miel en
Europa, noches tórridas de excitación. En medio de aquella tormenta los labios
de Silvina buscaban los míos, la abracé, el anillo cayó de sus manos y rodando
se perdió entre los maderos del piso. Las visiones se desvanecieron, así como
también lo que el anillo destilaba, pero seguimos abrazados un rato y el mundo
desapareció a nuestro alrededor.
Luego se escuchó el crujir de la madera de los escalones, era
Adolfito que venía a rescatar a su dama sin saberlo. Yo me compuse como pude
(no sé si él se dio cuenta) y me quedé mirando la cajita azul vacía ya de ese
amor que por un instante nos había tocado, incendiándonos por dentro.
Ricardo Viti
13 de octubre de 2013

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